En este post me gustaría dar unas pinceladas sobre este concepto tan controvertido y tan amplio que me resulta muy interesante, bien entendido.
Los orígenes de esta corriente de pensamiento están en el Club de Roma y se remontan a finales delos años 60 y principios de los 70, cuando se redacta el informe “Los límites del crecimiento” (The limits to growth, de Donella Meadows, entre otros). Desde entonces ha llovido mucho, pero la esencia de ese pensamiento sigue ahora vigente y con más fuerza, pues todos los problemas que acosan nuestro planeta, desde el cambio climático y el calentamiento global, a la inestabilidad sanitaria, que hemos visto eclosionar a través del coronavirus en el año 2020 de una manera incontestable, están relacionados de una u otra forma con los límites del planeta.
Tanto es así que el Stockholm Resilience Center de la Universidad de Estocolmo basa su actividad precisamente en este concepto de la capacidad limitada que tiene nuestro planeta para satisfacer las necesidades de todos sus habitantes. A partir de ahí debemos darnos cuenta de que nuestro actual modelo de consumo (de consumismo, realmente) es un modo de vida insostenible en casi todos los aspectos que se puedan plantear y por eso es más necesario que nunca abordar un decrecimiento en nuestra forma de avanzar. Sí, digo avanzar, porque decrecimiento no debe implicar retroceso en el sentido del bienestar o de los éxitos logrados con la ciencia, pero sí un cambio en el modelo y en la propia percepción de las necesidades individuales y colectivas, pensando de una forma más global y aprovechando los conocimientos desarrollados en campos como la economía circular, las energías renovables o las telecomunicaciones, que deben servirnos para crear riqueza de una forma diferente a como se ha hecho hasta ahora, conservando la capacidad regenerativa de la Tierra para impedir que se agoten los recursos que necesitamos para subsistir nosotros y las generaciones futuras.